domingo, mayo 08, 2016

El otro Berrigan



Hace una semana falleció el célebre activista por la paz Daniel Berrigan. En el movimiento de paz de Estados Unidos no se habla de Daniel solamente sino de los HERMANOS BERRIGAN. Uno de éstos fue Philip, ex-cura católico que fue nominado al Nobel de la Paz en más de una ocasión. Aquí un artículo que escribí sobre él cuando falleció en 2002:


PHILIP BERRIGAN, CON NOSOTROS SIEMPRE

Carmelo Ruiz Marrero
CLARIDAD, 22 de diciembre 2002

Recibimos con gran tristeza la reciente noticia del fallecimiento de Philip Berrigan, incansable activista estadounidense, nominado al Premio Nobel de la paz.

Berrigan, católico devoto y hermano del igualmente célebre poeta y activista Daniel Berrigan, vivió 79 años, de los cuales pasó un total de once en la cárcel por sus actos de desobediencia civil contra el militarismo.

En mayo de 1968 Philip Berrigan formó parte de un grupo de nueve que entraron en la oficina de reclutamiento del ejército en Catosnville, Maryland, para quemar expedientes de reclutamiento con napalm. Por este "crimen" fue sentenciado a seis años de prisión.

Aparte del militarismo, la otra gran batalla de Berrigan fue contra los pecados de la iglesia católica: su enajenación social y su complicidad con la opresión en todas sus manifestaciones. Berrigan fue sacerdote católico hasta que se casó con Elizabeth McAlister, quien había sido monja por sobre diez años, y con ella tuvo varios hijos. Su fe y devoción religiosa fueron precisamente lo que lo llevaron a la conclusión de que el celibato mandatorio para curas y monjas era inmoral.

Pero dejemos que el propio Berrigan se exprese. A continuación unas citas selectas de su autobiografía, Fighting the Lamb's War, publicada en 1997.

Sobre el capitalismo:

"Se nos enseñó a creer en el sistema capitalista, sin cuestionar nunca cómo un sistema que envenena el ambiente, encarcela y ejecuta a los pobres, y prospera en la guerra, puede ser compatible con las enseñanzas de Cristo." (p. 37)

Sobre la iglesia:

"La iglesia es una gran burocracia, y las grandes burocracias son desobedientes al Evangelio." (p. 38)

Sobre su desobediencia al voto de silencio que la iglesia le impuso para que no se expresara sobre la guerra de Vietnam:

"Seguí pensando sobre cómo Jesús respondería al ver niños atrapados en un mar de napalm. ¿Se atormentaría con interrogantes sobre lealtad a la iglesia y el estado? ¿Le advertiría a sus seguidores a no cuestionar el derecho del César a incinerar los enemigos del estado? ¿Ordenaría sus discípulos a mantener sus opiniones privadas?" (p. 83)

Sobre Jesús y la guerra:

"Jesús fue un activista, no un monje. Vivió entre los pobres. Sacó los mercaderes del templo, criticó los ricos y poderosos, ridiculizó los funcionarios del gobierno. No se hubiera quedado en un monasterio mientras su gobierno masacraba a los vietnamitas." (p. 98)

Sobre la iglesia ante la injusticia:

"Cuando el estado va a la guerra, la iglesia o lo aprueba o se queda callada. Cuando el estado persigue los pobres, la iglesia puede que desapruebe, pero no envía los feligreses a las salas del Congreso o al hemiciclo del Senado para exigir justicia. Cuando los ricos explotan a los pobres la iglesia ofrece homilías acerca de las recompensas de ser buen ciudadano. Cuando los tribunales hacen cumplir la voluntad del estado corrupto, violento y racista, la iglesia le advierte a sus seguidores que obedezcan la ley." (p. 99)

Sobre la lucha pacífica y la violenta:

"La gente que lucha por la justicia debe escoger sus propios medios para lograr su fin. Ellos son los que están siendo torturados, ultrajados, robados y ejecutados. ¿Cómo puedo yo pedirles que bajen sus armas, cuando eso significa muerte segura para sus familias, su aldea y todo lo que aman y les es valioso? Una cosa es predicar desde la distancia, y otra el vivir y morir en una zona de guerra." (p. 109)

Sobre la iglesia ante la guerra de Vietnam:

"En noviembre de 1966 los obispos de Estados Unidos declararon que la guerra de Vietnam cumple con los criterios de una guerra justa, pero esos hombres no iban a morir en un cultivo de arroz repleto de sanguijuelas. El cardenal Spellman no iba a caminar como sentinela en la densa jungla de triple capota, esperando que algún francotirador le vuele los sesos o una mina lo mande a su casa en una caja de chocolates." (p. 124)

Sobre la destrucción de propiedad:

"Nuestros críticos dicen que atacar bombas atómicas con martillos es un acto de violencia. Destruir propiedad, insisten, es una forma de violencia. Es un argumento curioso que he oído muchas veces. A ojivas cuyo único propósito es vaporizar ciudades apenas se les puede considerar propiedad legítima. Bombas que indiscriminadamente asesinan hombres, mujeres y niños no son "propiedad"." (p. 191)

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