martes, septiembre 02, 2008

¿Coexistencia?: Monsanto y Dow Chemical buscan introducir más especies transgénicas en Uruguay

¿Coexistencia?: Monsanto y Dow Chemical buscan introducir más especies transgénicas en Uruguay

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Hasta ahora sólo eran soja y maíz, pero en breve el “menú” de transgénicos disponibles en Uruguay puede incrementarse, e incluso alcanzaría al arroz, pese a que el cultivo de este grano brinda un enorme saldo exportable al país llegando a mercados que se han cerrado ante variedades producto de la ingeniería genética.

A menos de un mes de caducada la moratoria oficial para la presentación de nuevas variedades transgénicas, la situación en Uruguay ofrece un panorama poco alentador: de un lado las corporaciones semilleras van por más y ya han anunciado que reflotarán sus pedidos para la aprobación de más eventos alterados genéticamente; en un segundo plano el gobierno, que alentó una hipótesis de “coexistencia”, brinda una señal de debilidad extrema en su argumentación, y en tercer lugar los pooles de siembra redoblan su expansión a costa de otros rubros e invaden zonas netamente identificadas con la agricultura familiar.

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Maíz transgénico termina con el maíz orgánico

SILVIA RIBEIRO

Las trasnacionales de los transgénicos pretenden hacernos creer que los transgénicos son solamente una opción de quien los elige. Debido a la inevitable contaminación –sea por polen en los campos, por mezcla en el almacenado, distribución o venta y hasta por granos que caen durante el transporte– los transgénicos son los cultivos más imperialistas de la historia. A la contaminación biológica, se suman los juicios por patentes que sufren los agricultores contaminados y la indefensión legal de los contaminados. Al contrario de lo que dicen las empresas, si hay transgénicos, todo el resto sufrirá.

Un reciente estudio científico conducido por Rosa Binimelis, de la Universidad Autónoma de Barcelona (publicado en 2008 en el Journal of Agricultural and Environmental Ethics), concluye, luego de analizar la situación del maíz en Cataluña y Aragón, que la siembra de maíz transgénico llevará al fin de la producción de maíz orgánico. Desde 1998, cuando comenzó la siembra de maíz transgénico en la región, hasta ahora, hay una reducción drástica de la producción de maíz orgánico. Esto se debe tanto a la contaminación transgénica, que inhabilita la venta del producto como orgánico, como a las múltiples dificultades técnicas y burocráticas que deben enfrentar quienes pretenden defender sus cultivos de la contaminación, lo que finalmente los hace abandonar la producción.

La contaminación ya es una violencia para quien siembra orgánicos y semillas tradicionales. Además, debido a la pesada influencia y corrupción que ejercen las transnacionales, las leyes que acompañan los transgénicos, colocan la carga de la prueba en la víctima, que debe lidiar primero con los aspectos técnicos de las pruebas de contaminación, cargar con el costo que significan y con la incertidumbre de este tipo de pruebas, que se basan en información de las propias empresas. A esto sigue el proceso legal, que es complicado y costoso.

En México todo esto sería aún peor, porque la Ley Monsanto (mal llamada de bioseguridad), no prevé ninguna protección a las víctimas ni permite responsabilizar a los contaminadores.

Agrobio México (organización de fachada de las transnacionales de transgénicos) esgrime un estudio de la biotecnóloga Joaquima Messeguer, del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA), España, que sostiene que la contaminación transgénica del maíz se puede evitar con 20 metros de separación entre campos y una diferencia de siembra de 12 días en la siembra entre los transgénicos y otros tipos de maíz. Messeguer declaró a la prensa mexicana, que “los temores de que el cultivo mexicano “se contamine” de los transgénicos es una falacia (sic)” (Notimex, 26/7/2008). Al parecer, Messeguer aún no se entera que la contaminación transgénica del maíz mexicano no es un “temor”, sino una triste realidad comprobada por instituciones del propio gobierno mexicano hasta por pruebas que han realizado cientos de campesinos e indígenas de todo el país. Como el cultivo de maíz transgénico hasta ahora es ilegal en México, seguramente hubieron no 20 metros, sino miles de kilómetros del campo de transgénicos en Estados Unidos a los campesinos mexicanos, y aún así se contaminaron.

El maiz que crecia hasta el cielo por ¥ Angel Torres ¥.

Ya en el 2007, investigadores independientes de la Universidad de Exeter, Reino Unido, mostraron que la contaminación del polen de maíz transgénico puede alcanzar cientos de kilómetros, dependiendo del viento, la ubicación y altitud de los campos entre sí, la temperatura, etcétera. Existen muchos otros estudios que llegan a conclusiones parecidas, además de que la contaminación por polen es apenas uno de los muchos factores de contaminación.

Pero a los tecnócratas del IRTA, institución que cuenta entre sus “clientes y colaboradores” a Monsanto, Syngenta, Novartis, Pioneer, Basf y Dow, dueños de la producción de agrotransgénicos en el mundo, este tipo de pensamiento complejo y análisis de la realidad fuera del computador, no les interesa. ¿Para qué ser objetivos, si nadie les paga por ello?

Ante esta realidad de contaminación inevitable, la reciente declaración de Felipe Calderón sobre “proteger el maíz criollo” es demagogia perversa e ignorante (para empezar, el maíz en México es nativo, no criollo), dictada probablemente por algún “asesor” transnacional.

Es criminal que el gobierno mexicano insista en abrir la experimentación con maíz transgénico, y que invente “polígonos” que serían los únicos centros de origen del maíz –que de todas maneras se contaminarán tarde o temprano si se planta maíz transgénico. Como afirma la Red en Defensa del Maíz Nativo, todo México es centro de origen y diversidad del maíz, porque en todo México hay pueblos del maíz. Pueblos que saben que más allá de lo que digan políticos, científicos y agricultores comprados, la contaminación del maíz no será impune.

Fuente: La Jornada

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