lunes, enero 03, 2005



Provoca una enorme indignación que a estas alturas de la historia americana, mientras los pueblos originarios van recuperando protagonismo tras 500 años de feroz represión, todavía se les llame descubridores a los que fueron sencillamente invasores, colonizadores y genocidas. Con demasiada frecuencia lo referente a las culturas que existen desde tiempos ancestrales es descartado como lo desconocido, en el mejor de los casos, o como conocimiento mágico/intuitivo, en el peor. La ciencia reduccionista occidental pretende establecer un monopolio sobre lo que es conocimiento, y frecuentemente descarta estrategias cognoscitivas que no son estrictamente racionalistas, como pueden ser el conocimiento intuitivo, el emotivo o el mágico.

Son precisamente los pueblos de la Tierra los que a partir de sus sistemas integrados de conocimientos, tecnologías y recursos naturales, tienen la mejor hoja de resultados en eso que hoy nos ha dado por llamar desarrollo sustentable. Esas comunidades locales y pueblos han practicado la agricultura la cultura del agro desde hace más de 10,000 años, y en la mayoría de los casos han producido alimentos suficientes para ellos y para otros sectores sociales sin agotar los recursos naturales esenciales: agua, suelo, tierra y biodiversidad. De forma inteligente han ido mejorando sus agroecosistemas pues toda agricultura es una modificación importante del medio natural ya sea haciendo terrazas para proteger el suelo de la erosión, canalizando agua en las cuencas de las montañas, seleccionando la flora y la fauna en los bosques, o haciendo un manejo integrado de recursos pesqueros, corales y manglares en las costas tropicales.

Afortunadamente ya hoy se reconoce lo que los agricultores y agricultoras han sabido siempre: que los sistemas agrícolas, los agroecosistemas, altamente diversificados producen alimentos en forma integrada, donde los cultivos, árboles, animales domésticos, organismos del suelo, flora y fauna silvestre, entre otros, conforman un sofisticado sistema productivo que recicla muchos de los recursos energéticos y naturales, y provee a la familia agrícola y a su comunidad estabilidad y seguridad en el tiempo.

En otro lugar el autor ha argumentado que la agricultura basada en la diversidad es más productiva que los monocultivos extensivos, si se mira el conjunto de los aportes que ese tipo de agricultura hace a los agricultores, la naturaleza y el conjunto social [3]. La chacra/finca integrada aporta combustible, materiales para la construcción, abonos, elementos para el control de plagas, medicinas, alimentos diversos a través del año para la familia y los animales domésticos y salvajes. Además protege el suelo, las fuentes superficiales y subterráneas de agua, y promueve la diversidad biológica, entre otros servicios que presta a la sociedad. Se ha comprobado que con la sola introducción de algunas modificaciones en las estrategias campesinas para hacer que sus sistemas sean más sustentables se logran aumentos significativos en la producción, mientras se reduce el uso de agroquímicos, se diversifican los productos obtenidos, y se hace un mejor manejo de los recursos naturales no renovables.

Los transgénicos y el control sobre la agricultura y la alimentación

Como parte del afán por mercantilizar cada paso de la agricultura se ha llegado a la situación actual donde está amenazado uno de los derechos más elementales de los y las agricultoras, como es el de guardar, resembrar y compartir las semillas. Sin el libre intercambio de las semillas y otro material reproductivo vegetal y animal la humanidad no hubiera llegado hasta aquí, ni hubiera desarrollado esa gran y hermosa diversidad cultural que nos caracteriza, ni tampoco hubiera poblado todos los rincones donde habitamos los pueblos de la Tierra. Por lo tanto, no se puede aceptar que una vez que las semillas están en manos de los agricultores, y estos empiezan a utilizarlas, a experimentar con ellas, a seleccionarlas, a mejorarlas, que entonces las compañías que las mercadean puedan perseguir como criminales a los agricultores para cobrarles regalía siembra tras siembra.

Sin embargo ese control sobre las semillas parece ser uno de los puntales estratégicos en esa nueva vuelta de tuerca de la apropiación agroalimentaria que venden bajo el nombre de los transgénicos, los organismos modificados genéticamente. Es decir, que han modificado mediante técnicas de laboratorio la esencia de la vida, el material genético, para favorecer la venta de tecnologías y productos agroquímicos. Los paquetes tecnológicos están cada vez más bajo control de las transnacionales, que venden las semillas y los agrotóxicos como partes inseparables de la tecnología transgénica, centralizan la comercialización y se encargan de ejercer el control político para garantizar el cobro de sus regalías. Las transnacionales amarran a los agricultores a través de contratos onerosos para garantizar el cobro de sus ganancias. En EEUU y Canadá utilizan policías privados que entran a las fincas a recoger muestras de las siembras de los agricultores, y a los tribunales de justicia para que impongan multas. Recientemente, en el notorio caso de la Monsanto contra el agricultor canadiense Percy Schmeiser la Corte Suprema de Canadá decidió que las transnacionales que producen las semillas transgénicas tienen derecho sobre cualquier ser vivo que contenga los materiales genéticos patentados, no importa cómo llegaron a la finca de los agricultores o si las mismas les han rendido beneficios.

Este tema de los transgénicos es más dramático que otras tecnologías introducidas en nombre de las revoluciones agrícolas importadas porque la materia prima es precisamente la vida, y sus productos tienen la capacidad de auto-reproducirse. Son productos que salen al mercado con muy pocos estudio sobre sus impactos, no hacen un aporte significativo en lo agronómico, y surgen evidencias de impactos negativos sobre la salud y el medio ambiente. Además, vemos que en la medida en que crecen las ganancias corporativas una enorme aplanadora va destruyendo en todas partes la diversidad tecnológica, ecosistémica y cultural que caracteriza al medio rural.

El caso del comercio internacional con OGMs es un buen ejemplo de cómo no existen instrumentos para exigir responsabilidades ante eventuales desastres. En el caso de los OGMs se ha impedido que tratados como el de bioseguridad _protocolo al Convenio de Diversidad Biológica contengan medidas para exigir reparaciones. Ante la contaminación del maíz criollo en México con transgenes, no existe ordenamiento legal internacional para hacer responsable a las compañías que crearon esos transgenes; aunque esas mismas compañías pretenden cobrar el pago de regalías a todo agricultor que los tenga en sus cultivos. Así como se han exigido cambios en las legislaciones de muchos países para favorecer los DPI, compensar a las industrias transnacionales por pérdida de negocios reales o potenciales y reducir en ocasiones los derechos ambientales o los derechos de las comunidades locales para facilitar la explotación de los recursos naturales, así también se ha impedido desde los centros de poder de los países más industrializados la creación de un marco sólido para el control del comercio y la introducción de OGMs en nuestros países.

Desde esa perspectiva, en lo agroecológico lo urgente entonces es mantener vivos bolsillos de resistencia, bolsillos activos y creativos de resistencia: mantener vivos los recursos y el conocimiento, permitir que evolucionen activamente en contacto con los pueblos, las comunidades y la naturaleza, no en bancos de semillas o en jardines botánicos, ni en comunidades empobrecidas en los alrededores de las ciudades, lejos del lugar de origen. Estos bolsillos de resistencia los podemos catalogar en tres áreas, aunque objetivamente existen integrados en una única realidad.


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