martes, junio 14, 2005


En sus principios, la producción y el consumo ecológicos no cuestionan la lógica mercantil propia de la agricultura industrial, ni tampoco su modo de distribución globalizada. Su discurso no tiene en cuenta el hambre de mil millones de personas, ni la desaparición de la agricultura familiar y campesina. El crecimiento del consumo ecológico, con el apoyo de los gobiernos y la complacencia de los sectores sociales con alto poder adquisitivo, es alentado por las multinacionales de la alimentación, sobre todo por las cadenas internacionales de distribución a través de las grandes superficies y por los suministradores de insumos[1] y tecnología a unos productores ecológicos cada vez de mayor escala, más competitivos. Su coexistencia “pacífica” con la producción industrial de alimentos y los transgénicos reduce las posibilidades de territorios y alimentos libres de contaminación genética y química. En esa nivelación violenta de condiciones de producción para el mercado global, los pequeños productores ecológicos están condenados a desaparecer.

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