jueves, septiembre 04, 2008

La biotecnología le apuesta a los agrocombustibles

Carmelo Ruiz Marrero | 2 de mayo de 2008

Versión original: Biotech Bets on Agrofuels
Traducción por: Carmelo Ruiz Marrero



Programa de las Américas

Hay un nuevo partícipe en las deliberaciones internacionales en torno al calentamiento global y los agrocombustibles: la industria de la biotecnología. Los gigantes corporativos de la genética proponen nuevas tecnologías, como árboles transgénicos, etanol celulósico de segunda generación y biología sintética, para sacar a la sociedad de su dependencia de los combustibles fósiles y combatir el cambio climático.

Las implicaciones para América Latina son impresionantes. La movida masiva de la industria de la biotecnología al sector energético implica la convergencia de importantes asuntos sociales y ecológicos en la región, como la promoción de los agrocombustibles, los cultivos transgénicos y el crecimiento de los monocultivos del agronegocio. Están en juego las aspiraciones de la sociedad civil latinoamericana de reforma agraria, protección ambiental, alternativas al neoliberalismo y soberanía energética y alimentaria.

Las compañías de biotecnología se han convertido en los principales impulsores del uso de cultivos agrícolas, como maíz, soya y caña de azúcar, para hacer combustible para vehículos de motor. Enfrentados con la creciente resistencia del público al consumo humano de sus cosechas transgénicas, la industria ve su salvación en la producción de agrocombustibles transgénicos. Al presentar los productos transgénicos como la respuesta al cambio climático y el agotamiento de recursos causado por los combustibles fósiles, esperan proyectar una luz más favorable sobre las plantas transgénicas.

Tienen mucho en juego. Monsanto, por ejemplo, obtiene 60% de su rédito de la venta de semillas transgénicas. Montándose sobre la marea creciente del boom de los biocombustibles, Monsanto y otras compañías esperan evadir las preocupaciones de salud humana asociadas con los alimentos transgénicos y a la vez abrir toda una nueva área de ganancia a costa de la crisis del calentamiento global.

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Septiembre 2007: La OCDE publica un informe crítico titulado "Biocombustibles: ¿Es la Cura Peor que la Enfermedad?" De acuerdo al documento, la carrera hacia los cultivos energéticos amenaza con causar escasez de alimentos y perjudicar la biodiversidad a cambio de beneficios limitados. Sus autores sostienen que en el mejor de los casos los agrocombustibles pueden reducir las emisiones de gases de invernadero relacionados a la energía en un 3%.

Octubre 2007: El relator de la ONU para el derecho al alimento Jean Ziegler declara en la sede de la organización en Nueva York que el uso creciente de cultivos alimentarios para hacer combustible constituye un crimen contra la humanidad y pide una moratoria de cinco años en lo que se desarrollan alternativas sustentables.

Enero 2008: Representantes de las organizaciones Rainforest Action Network, Student Trade Justice Campaign, Food First, Global Justice Ecology y Grassroots International protestan en la ciudad de San Francisco frente a la oficina de la congresista Nancy Pelosi, líder de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, para pedir una moratoria a los incentivos a los agrocombustibles hasta que se pueda demostrar que son una mejora definitiva sobre los combustibles fósiles y que no exacerbarán el hambre en el mundo.

¿Hay suficientes tierras en el planeta para satisfacer una parte apreciable de la demanda energética global usando agrocombustibles de primera generación? ¿O exacerbarán el calentamiento global y otros problemas ambientales? ¿Cómo afectará su producción a los pueblos indígenas y rurales?

Según GRAIN, una ONG con sede en Europa que aboga por la protección de la biodiversidad agrícola, si Estados Unidos dedicara sus cosechas enteras de maíz y soya a hacer combustible, cubriría menos de una octava parte de su demanda petrolera y apenas 6% de su demanda de diesel. Estas cifras son más desalentadoras al considerar que Estados Unidos cultiva alrededor de 44% del maíz del mundo—más que China, la Unión Europea, Brasil, Argentina y México juntos. Esto significa que si la producción mundial de maíz fuera a ser cuadruplicada y dedicada por completo a la producción de etanol, satisfaría la demanda estadounidense, pero dejaría el resto de la flota de vehículos del mundo todavía corriendo con petróleo, mientras los conductores mueren de hambre.

La situación en Europa no luce mucho mejor. En su libro Heat: How to Stop the Planet from Burning, publicado en 2007, el investigador inglés George Monbiot calcula que operar todos los carros y autobuses en el Reino Unido con biodiesel requeriría 25.9 millones de hectáreas, pero Inglaterra no tiene más de 5.7 millones de hectáreas de terrenos agrícolas.

La producción mundial de agrocombustibles debe ser quintuplicada para meramente mantenerse a la par con la creciente demanda de energía, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, titulado "A Blueprint for Green Energy in the Americas." Si esto se logra, los agrocombustibles cubrirán cinco porciento de la demanda energética mundial para 2020.

Varias organizaciones basadas en Latinoamérica, como Oilwatch Suramérica y la Red Latinoamericana contra Monocultivos de Arboles, declararon en 2006 que "los cultivos energéticos crecerán ... a costa de nuestros ecosistemas naturales. La soya se proyecta como una de las principales fuentes para la producción de biodiesel, pero es un hecho que los monocultivos de soya son la principal causa de destrucción del bosque nativo en Argentina, del bosque húmedo tropical amazónico en Brasil y Bolivia, y de la Mata Atlántica en Brasil y Paraguay."

"Las plantaciones de caña de azúcar y la producción de etanol en Brasil son el negocio de un oligopolio que utiliza trabajo esclavo", dice la declaración, titulada "La tierra debe alimentar a la gente, no a los automóviles". "Las plantaciones de palma aceitera se expanden a expensas de las selvas y territorios de poblaciones indígenas y otras comunidades tradicionales de Colombia, Ecuador y otros países, crecientemente orientados a la producción de biodiesel."

Una de las organizaciones firmantes, el Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales, afirmó a principios de 2007 que "el cultivo de estos combustibles significa muerte. Muerte de comunidades enteras, muerte de culturas, muerte de personas, muerte de la naturaleza. Llámense plantaciones de palma aceitera o de eucaliptos, trátese de monocultivos de caña de azúcar o de soya transgénica, los impulsen gobiernos 'progresistas' o 'conservadores'. Muerte."

"Todos estos cultivos, y toda esta expansión de los monocultivos, son causas directas de deforestación, desalojo de las comunidades locales de sus tierras, contaminación del agua y el aire, erosión del suelo y destrucción de la diversidad biológica", declaró GRAIN en 2007 en un manifiesto titulado '¡Paremos la fiebre de los agrocombustibles!'. "También conducen, de manera paradójica, a un aumento masivo en las emisiones de CO2 debido a la quema de bosques y tierras de turba para hacer espacio para plantaciones de agrocombustible."

"En un país como Brasil, que está muy por delante de cualquier otro en la producción de etanol para combustible destinado al transporte, resulta que 80% de los gases con efecto de invernadero proviene no de los automóviles sino de la deforestación, en parte ocasionada por la expansión de las plantaciones de soja y caña de azúcar. Recientes estudios han demostrado que la producción de una tonelada de biodiésel de aceite de palma proveniente de las tierras de turba de Asia sudoriental produce de dos a ocho veces más emisiones de CO2 que la combustión de diesel proveniente de combustible fósil. Mientras los científicos debaten acerca de si el 'balance energético neto' de cultivos tales como el maíz, la soja, la caña de azúcar y la palma aceitera es positivo o negativo, las emisiones causadas por la instalación de muchas de las plantaciones de agrocombustibles hacen humo, literalmente, cualquier posible beneficio."

Sobre 260 representantes de más de cien organizaciones, incluyendo sociedad civil y academia, de Brasil, Estados Unidos, Europa, El Salvador, Uruguay, Chile, Costa Rica y todas las regiones de México, se reunieron en Ciudad México en agosto de 2007 para realizar un foro sobre agrocombustibles y soberanía alimentaria. Las conclusiones del foro fueron nada halagadoras para la industria de los agrocombustibles.

"En un contexto de crisis del campo y de la agricultura campesina e indígena, de conflictos agrarios contra las comunidades y el ejido, de pretensiones de privatizar el agua y los recursos de las comunidades, los agrocombustibles pueden ser una nueva amenaza del modelo neoliberal. Nos declaramos en defensa permanente de los territorios campesinos e indígenas, el ejido y la comunidad. No permitiremos que la expansión de los cultivos para combustibles agroindustriales se de a costa del despojo de sus territorios y recursos. Reivindicamos nuevamente la demanda de reconocimiento de los derechos de los Pueblos Indígenas y el derecho a su libre determinación."

http://www.ircamericas.org/esp/5196


Carmelo Ruiz-Marrero es un periodista ambiental independiente y analista ambiental del Programa de las Américas del CIP (www.ircamericas.org), un becado (fellow) del Oakland Institute y (senior fellow) del Environmental Leadership Program, además de fundador y director del Proyecto de Bioseguridad de Puerto Rico (bioseguridad.blogspot.com). Su página web bilingue (carmeloruiz.blogspot.com) está dedicada a asuntos globales de ambiente y desarrollo. Próximo en la serie, Agrocombustibles: La Próxima Generación.

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