lunes, agosto 09, 2010

En Ecuador: la Iniciativa Yasuní ITT se encamina al triunfo

Por Joan Martínez Alier

"La inigualable biodiversidad de la zona, las emisiones de dióxido de carbono evitadas, y los derechos de los pueblos indígenas locales, valen más que la venta de los 850 millones de barriles de petróleo pesado del ITT. Mejor dicho, valen más en la medida que podamos dar valor económico al carbono represado y a la biodiversidad no destruida. Pero no es que valgan más, es que valen distinto. No confundamos valor y precio."

El canciller Fánder Falconí (un puntal desde el 2006 de Alianza PAIS, el movimiento que lidera el presidente Correa), anunció a principios de diciembre del 2009 que el acuerdo sobre el Fideicomiso con el PNUD, dónde habrá que ingresar las aportaciones para la Iniciativa Yasuní ITT, sería firmado el día 16 de diciembre en Copenhague en la cumbre sobre el cambio climático. Se convocó a la prensa, pero no hubo firma.

El presidente Correa había prohibido la firma. Abundaron las metáforas: al canciller le quitaron la escalera y se había quedado colgado de la brocha, al canciller le habían quitado la silla en el momento de sentarse. A Helen Clark, la directora del PNUD, que se aprontaba a firmar el acuerdo, la dejaron, como se dice en Ecuador, con los churos hechos o (más groseramente) con la bata alzada. Sin apenas inmutarse, dijo ante la prensa que la Iniciativa Yasuní ITT era “fantástica”.

Tras la dimisión el 10 y 11 de enero de parte del equipo de alto nivel que había establecido con el PNUD los términos del Fideicomiso (Roque Sevilla y Yolanda Kakabadse), y tras la sonada dimisión de Fánder Falconí el 12 de enero del 2010 en respuesta a las desacertadas interpretaciones e insultos al equipo ecuatoriano y al PNUD por el presidente Correa en la radio y televisión el 9 de enero, el propio presidente se embarcó durante unos días en una “guerra de epítetos” en contra del ex canciller Falconí, del ex ministro y presidente de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta, y de Esperanza Martínez, co-fundadora de Acción Ecológica en 1986 y de Oilwatch en 1995. En Ambato, el presidente afirmó (Expreso, 15 enero 2010) que detrás del ex canciller Falconí había toda una argolla del “ecologismo infantil” y recordó que en Montecristi, al tiempo que se redactaba la Constitución del 2008, el ya había advertido que el principal peligro no era la derecha sino el indigenismo y el “ecologismo infantil”.

Analicemos esa elección de enemigos. Para empezar, tales frases revelan ignorancia de las relaciones entre las tres personas mencionadas. Entre Fánder Falconí y Acción Ecológica no hubo ni antes ni después del 2007 una relación personal, intelectual o política estrecha, mientras que sí la habido entre Acción Ecológica y Alberto Acosta. Este último es co-autor de libros con Esperanza Martínez y ha participado en numerosos talleres y foros organizados por el Instituto de Estudios Ecologistas nacido de Acción Ecológica en 1995, y del cual yo he sido “rector honorario” y asiduo profesor. Esperanza Martínez fue asesora de Acosta en Montecristi, cuando éste presidió la Asamblea Constituyente en el 2008.

Fander Falconí nunca participó en ninguna actividad de este pequeño Instituto de Estudios Ecologistas cuyas actividades están dirigidas a movimientos sociales. Falconí estuvo absorbido desde el 1997 hasta el 2001 en sus estudios doctorales en la Universidad Autónoma de Barcelona (con el Dr Giuseppe Munda y conmigo), y después, del 2001 al 2006 en su trabajo en la FLACSO, y tras las elecciones del 2006 en su actividad en el gobierno de Correa. Entre Fánder Falconí y Alberto Acosta ciertamente hay una gran amistad, como “co-inventores” de Alianza PAIS en el 2006, como intelectuales que piensan de manera cercana como cualquiera puede comprobar en sus escritos sobre economía y ecología, como co-autores y compiladores de varios libros. Ambos representan una nueva corriente latinoamericana contra el desarrollismo extractivista, ambos reclaman una transición hacia economías sostenibles. Acosta apela sobre todo a los movimientos sociales del ecologismo popular y a movimientos indígenas, Falconí se decanta más bien por la acción planificadora del Estado, pero eso son matices dentro de una posición común post-extractivista en política económica (que Correa parecía compartir antes del 2007).

Correa, sin embargo, nunca ha sido ecologista, es un típico economista latinoamericano de izquierda, cepalino. El no comparte las tesis del ecologismo popular o del ecologismo de los pobres, a pesar que en Ecuador (Sarayacu, Intag, Muisne…) hay tantos casos evidentes de defensa de la naturaleza a cargo de comunidades locales contra la extracción de petróleo, contra la minería de cobre, contra el destrozo de los manglares por las camaroneras…

Pero una cosa es no ser ecologista y otra es ser rabiosamente anti-ecologista, como en esas declaraciones de enero del 2010 y en tantas otras ocasiones. ¿Qué le pasa a Correa con el ecologismo? Más allá de la desinformación y de una cierta paranoia, cuando el presidente Correa traza ese deslinde de enemigos (“prefiero la derecha al indigenismo y al ecologismo infantil”) hay razones para sorprenderse. ¿Es esto realmente lo que cree? Su imagen como dirigente es de representante de la izquierda latinoamericana. Su política social interna y su política exterior realmente han sido de izquierda moderada y eficaz. El apoyo a la gestión de Correa (el 70% según encuestas de junio 2010) se da sobre todo entre las clases populares por las políticas redistributivas. Ha mejorado mucho el sistema fiscal ecuatoriano. Ahora casi todos los que deben hacerlo, pagan impuesto sobre sus ingresos.

En esas frases de enero del 2010, Correa escogió claramente (esperemos que no sea definitivamente) a sus enemigos principales, el indigenismo y el ecologismo por encima de la derecha. Ahí hay una diferencia entre Rafael Correa por un lado, y Fander Falconí y Alberto Acosta por otro lado -ambos economistas ecologistas, ambos de izquierda (basta leer el libro de Fánder Falconí, Con Ecuador por el Mundo: La política internacional ecuatoriana, publicado en julio del 2010). Además de otras diferencias. Por ejemplo, el estilo político (diferencias culturales entre serranos que apenas hablan lo justo y costeños locuaces). También hay diferencias en lo que respecta a los derechos de las personas pues Correa exhibe un catolicismo autoritario, por ejemplo en cuanto a la despenalización del aborto, más propio, si se me permite, de García Moreno que de Eloy Alfaro.

El verbo “yasunizar” se conjugará en el mundo

La “guerra de epítetos” de enero del 2010 (a la que Fánder Falconí no se sumó), auguraba lo peor para la Iniciativa Yasuní ITT. Pero ésta fue recuperada entre enero y julio del 2010 por la ministra Maria Fernanda Espinosa (quién ya le había dado importante apoyo entre julio y diciembre del 2007, ocupando ella la cancillería) y por dos integrantes del equipo anterior (Francisco Carrión y Carlos Larrea), a los que afortunadamente también se sumaron personajes mediáticos como Freddy Ehlers e Ivonne Baki. El vice-presidente Lenin Moreno continuó apoyando la iniciativa, como ha hecho siempre. Los términos del Fideicomiso con el PNUD van a ser finalmente firmados en Quito el 3 de agosto. Eso no hubiera podido suceder sin la expresa voluntad del presidente Correa, a quien los ecologistas del mundo entero debemos honestamente agradecer este gran triunfo. Sin embargo, la firma será en la cancillería, no en la presidencia.

Las propias vacilaciones del presidente Correa durante tres años, sus repetidas amenazas de que si no llegaba inmediatamente la plata de los aportantes, iba a sacar el petróleo del ITT, y sus ataques furibundos a lo que el llama pintorescamente el ecologismo “infantil”, llevaron a la oposición de derecha, bien representada por los diarios más importantes, El Universo y El Comercio, habituales críticos de Correa, a manifestarse en favor de la Iniciativa Yasuni ITT.

Así, no se ha producido un alineamiento posible de la izquierda política con la CONAIE (confederación de nacionalidades indígenas) y el ecologismo a favor de la Iniciativa Yasuní ITT, mientras la derecha neo-liberal, exportadora se manifestaba en contra de tal proyecto supuestamente ingenuo y utópico. No ha sido así. Los editorialistas de El Comercio y El Universo han estado hasta ahora por la Iniciativa Yasuní ITT con mayor fervor que el propio presidente. Cosa curiosa.

Hay voceros de la industria petrolera que preguntan por qué va a ser Ecuador el único país del mundo que deje voluntariamente el petróleo en tierra y que aseguran que Ecuador va a hacer un enorme sacrificio porque hay más petróleo en el ITT de lo que se dice, pero en los medios de comunicación, en la sociedad ecuatoriana (en la medida que los ciudadanos conocen el tema, todavía no más allá del 50 por ciento) y en la Asamblea Nacional parece haber una extraña y más que bienvenida casi unanimidad en favor de la Iniciativa Yasuní ITT. Que dure.

Supongamos que las vacilaciones del presidente Correa han sido fingidas durante tres años para lograr este efecto; nos encontraríamos ante una exitosa maniobra política de calidad excepcional. O tal vez lo que ha ocurrido es que los argumentos del ecologismo son tan buenos que les hemos convencido a todos. La inigualable biodiversidad de la zona, las emisiones de dióxido de carbono evitadas, y los derechos de los pueblos indígenas locales, valen más que la venta (neta de costos de extracción y transporte a la costa) de los 850 millones de barriles de petróleo pesado del ITT. Mejor dicho, valen más en la medida que podamos dar valor económico al carbono represado y a la biodiversidad no destruida. Pero no es que valgan más, es que valen distinto. No confundamos valor y precio.

Lo que hace falta ahora, una vez firmado el Fideicomiso, es que lleguen las aportaciones exteriores que deben alcanzar unos 3,500 millones de dólares en 10 años, para compensar (como se propuso ya desde el 2007) la mitad al menos del costo de oportunidad para Ecuador (en dinero) de dejar el petróleo del ITT bajo tierra. Esa es una cantidad fácil de conseguir, si se la compara con las cuantiosas deudas ecológicas y sociales que los países ricos tienen con el Sur.

Gerardo Honty (en un capítulo del libro de Esperanza Martínez y Alberto Acosta, ITT-Yasuní: entre el petróleo y la vida, Abya-Yala, Quito, 2010) se muestra favorable a la propuesta pero, para afilar su argumentación, le busca defectos. Uno de ellos es que si del ITT no se saca petróleo, se sacará de otro lado. Ahora bien, petróleo no hay en todas partes. Hay cada vez menos (estamos ya empezando la bajada de la curva de Hubbert y disminuye el EROI: energy return on (energy) investment). Pues entonces, escribe Honty, se sacará gas o peor todavía, carbón (que hay mucho). Nos ahorramos la producción de las 410 millones de toneladas de dióxido de carbono que corresponden a los 850 millones de barriles del ITT pero se producirá la misma cantidad al quemar combustibles fósiles extraídos de otro lugar. Es lo que se llama leakage, o "fuga". Lo mismo ocurre cuando se paga para impedir deforestación en un lugar, y tal vez se deforesta en otro lugar no muy lejano (mientras queden bosques por deforestar, claro está).

Ahora bien, se puede producir el efecto contrario, que Honty no analiza. El éxito de la iniciativa Yasuni ITT no llevará a un leakage o fuga, sino al revés, puede llevar a la imitación, es decir, a dejar más y más combustibles fósiles en tierra en lugares sensibles ambientalmente y/o socialmente. De esos hay muchos: el fondo del mar, toda la Amazonia, Alaska, los humedales del mundo, muchas horribles minas de carbón en la India y en China... Concretamente, hay quienes se preparan a conjugar el verbo yasunizar en otros lugares: en el Delta del Níger, en el sitio Ramsar que se llama Laguna del Tigre en Guatemala, en el Madidi en la Amazonía de Bolivia, en el bloque 67 en Perú (vecino al ITT), en los páramos de Colombia donde se quiere sacar carbón…

Sabemos, además, que hay que reducir a la mitad la cantidad de dióxido de carbono que la economía mundial produce, como recomienda al IPCC. Eso para evitar que continúe aumentando su concentración en la atmósfera, donde llega casi a 400 ppm (cuando en 1900 había 300 ppm). Hay que evitar la deforestación y además hay que dejar bajo tierra una parte del “bosque subterráneo”: carbón, petróleo o gas. ¿Dónde hay que dejar bajo tierra esos combustibles fósiles, producto de la fotosíntesis de épocas muy remotas? Es lógico que sea en lugares como el Yasuní ITT y en otros parecidos por sus valores ambientales y por los riesgos sociales.

Por Joan Martínez Alier

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