viernes, marzo 09, 2007

Una de las principales causas del menosprecio a las experiencias campesinas y/o relacionadas con la tierra o con el campo, en todas las experiencias de cambio revolucionario habidas en América Latina con posterioridad a la Revolución Mexicana, han sido las lecturas del marxismo que se nos impusieron. Con excepciones importantes como la de Mariátegui en el Perú, no han habido intelectuales marxistas que bucearan suficientemente en nuestras raíces culturales para indagar sobre las propias necesidades y adaptar a ellas aquellos pensamientos. Todo lo contrario, la mayor parte de las corrientes de izquierda se constituyeron en expresiones de una universalidad que nos modeló bajo la luz de sus razones y que nos convirtió en objetos, sin poder siquiera atender las propias voces recónditas de la Cultura y de las tradiciones. Recién a finales del siglo XX, después del colapso de la URSS y habiéndose levantado el Zapatismo en México y conmoviendo las grandes manifestaciones antiglobales a las principales capitales del mundo, resurgió en América Latina un movimiento campesino que, con importante autonomía de los partidos políticos, se esforzó por generar propuestas tan importantes como fuera la de Soberanía Alimentaria. Este resurgir de las experiencias campesinas ha mostrado en los últimos diez años sus fortalezas y también sus debilidades. De hecho se impuso en el campo de las luchas populares, un nuevo protagonismo, aunque defensivo y subsidiario de las ideologías urbanas progresistas.

- Jorge Eduardo Rulli (Grupo de Reflexión Rural de Argentina)

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